jueves, 31 de julio de 2014


                                                                             Fotografía de David Yeste

Cuando la ternura se marcha de tu vida
ya nada puede consolarte.
Cuando la ternura se marcha.

Los días pasan despacio,
las noches cuelgan de tus hombros,
las fiestas ya no son lo mismo:
te fijas en los globos pinchados,
en el confeti en el suelo,
en los matasuegras olvidados.

Cuando la ternura se marcha de tu vida
ya no eres hijo de nadie,
Diciembre deja de ser un jardín,
desaparecen los besos,
entiendes que la vida es desabrida
y que te ha pasado por delante.

Cuando la ternura se marcha de tu vida
el tiempo duele, las heridas no cierran,
vuelven por la noche
los mismos gatos pardos
dispuestos a curiosear por otras ventanas
en las que nunca te asomas tú.

Tus zapatos color corinto
ya no son un pájaro exótico
y tu cuerpo se ha quebrado
como una caña de maíz.

Cuando la ternura se marcha de tu vida
ya nadie se fija en ti;
y entonces te haces esa horrible pregunta
para saber cómo puedes vengarte
de todos esos sueños que tenías
y que se acabaron corrompiendo
por un mar de juramentos
que nunca se llegaron a cumplir.



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