lunes, 17 de marzo de 2014



A mi poema de ayer
le ha nacido una verruga.

Es pequeña y rosada
y quiere crecer
para escribir
que la vida
es algo más
que esta pausa.

Ha venido el doctor Ros[1]
a visitarme,
pero no quiere
extirparla.

Dice que las verrugas
son rebeldes
y que el virus
no desaparece
tan fácilmente.

El doctor me pide
que escriba
sobre lo que un día fui,
el nombre que le di
a mis sueños;
que hable de mis
deseos de fuga
y de mis ganas
de esconderme.

Según el doctor Ros
el poema casi no se queja
y con él se puede
hacer de todo:
es una habitación de hotel
fuera de la ciudad,
algo parecido
a un viaje en tren
por la noche.

Y el doctor se marcha
y me deja
sola
con mi verruga,
con mis poemas,
con mis diarios
y con mi pensamiento suspendido
en la escena decimosexta
de una novela
que no puedo
terminar de escribir.

Creo
que he prometido
enmendarme.





[1] Doctor Ros, médico titular de Viladecans entre los años 1943-1977. Tiene una calle en el pueblo.

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