martes, 1 de octubre de 2013

 




Conduce mis aguas, mi querido Nerva,

a la Plaza Mayor de la bella Segovia

para que pueda acariciar,

una vez más,

la mejilla de Antonio.

Decántame.

Recorre conmigo,

mi buen emperador,

el paseo de San Juan de la Cruz

y descansemos allí

antes de volver a la ciudad.

Porque en la bella Segovia

el tiempo es distinto

y se mide

en arcos sobre pilares;

la vida es tranquila

y puede gozarse

sin argamasa.

Llévame a la bella Segovia,

Amado,

cada vez que enferme de nuevo,

cada vez que este asesino

cosmopolita

que vive en nosotros

quiera robarnos la belleza.

Llévame a ver los trigales,

los rastrojos y las barbecheras,

que estos ojos míos de mar

aman Castilla

cuando anochece,

porque allí dejo de sentirme

una niña abandonada.


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