sábado, 29 de junio de 2013


Suelo cenar sandía y Lexatin
y compruebo veinte veces
que la puerta de casa
está bien cerrada
antes de acostarme.
Hay días que escribo
y días que no;
los días que puedo escribir
me siento  como Pollyanna:[1]
una muchacha feliz.
Cuando mis hijas duermen leo
Los poemas perdidos
de Dorothy Parker.
La noche ya no tiene
sorpresas para mí,
simplemente señala
más horas del reloj
que huyen inhibidas
hacia alguna parte.
Si no he escrito pienso
cosas absurdas
como que nadie nunca
me dedicó
una canción de amor
y que el mundo entero
antes
era más joven;
recuerdo a Alan Campbell,
los barbitúricos
y la bolsa de plástico de tintorería
alrededor de la cabeza.
Si he escrito algo
en mi vieja libreta
me siento
como si estuviera yendo
y viniendo de un hospital
y no tuviera nunca
un diagnóstico.
Ya no intento
escapar de ello:
ni de lo blanco
ni de lo negro,
ni de la tinta
ni del papel.
He aceptado que mi vida
son orquídeas y ébano,
igual que un niño de seis años acepta
que Papá Noel no existe.


[1] Pollyanna, de Eleanor H.Porter.

1 comentario:

  1. Qué buena eres.Espero que el no contestarme a mis correos sea por falta de tiempo y que estés bien, no me hago más pesado, abrazos.

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