domingo, 16 de septiembre de 2012



Bajábamos por Bloomsbury,
después de visitar el British Museum,
y paramos a cenar
y a refugiarnos de la lluvia
en un Subway.
¡Nos sentíamos tan desnudos
en esa tienda de bocadillos!
El camarero sonrió
y nos dijo que podíamos pedir en castellano,
nos sentimos todos aves migratorias.
Los chicos pidieron lo que querían:
pan de pizza, pollo, mahonesa,
aceitunas.
Al pagar la cuenta, vi escrito en el papel
que el camarero se llamaba Rubén
y contemplé mi ciudad en sus ojos:
el drama del desempleo en mi país.
Quise ahogarme aquella tarde
en la tristeza de Rubén,
hasta ser parte.
Camarero español
sale descalzo al mundo,
a trabajar barato,
descalzo hacia el empleo precario,
habla inglés y castellano.
Fue un verano olímpico,
con alfileres bajo los párpados.
La lluvia jadeaba en los escaparates
mientras la mano de Rubén tocó la mía
al darme el cambio y las gracias,
y el idioma nos unió
como una gabardina colgada en un perchero
en una ciudad carísima
llena de escaparates y de taxis,
de soles y de inviernos.

1 comentario:

  1. todo es complicado, irá a peor, cuando les toque a los que se creen a salvo porque piensan que eso les ocurre solo a obreros o trabajadores de los que llaman de baja cualificación. Yo ahora tengo trabajo, más que sueldo. Cultura del esfuerzo!, hay que ser snob e imbécil, como si no nos hubiéramos esforzado, para 900 euros. En fin, que estos temas sacan mi rojo, lástima que no saquen los colores a otros listos con gafas. Buena entrada, t e d ms, feliz tarde

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